“La tragedia más grande de mi vida”

Luz Marina nos relata su historia

Mi aborto no “borró” mi embarazo sino que mató a mi hijo ¡y convirtió mi vida en un infierno!

Me sometí a un aborto legal en EEUU el 6 de marzo del 2003. No era joven, ni carecía de experiencia. Tenía 42 años, estaba casada y tenía dos hijos varones, de 9 y 3 años de edad, respectivamente.

Mi esposo me pidió que después que naciera nuestro segundo hijo, me practicara una cirugía para esterilizarme. Yo me negué. El se puso furioso. Un año después, mi plan de seguro de salud canceló la cobertura de maternidad, y me negué a pagar $150 mensuales más para poder tener derecho al seguro de maternidad. Dos meses antes de quedar embarazada por tercera vez, irresponsablemente dejé de pagar la prima de mi seguro de salud, el cual me fue cancelado.

Cuando me enteré de que estaba embarazada me puse muy nerviosa, al recordar que no tenía seguro médico alguno, cosa que mi esposo ignoraba. Él solo sabía que mi plan no cubriría la maternidad, y que yo tenía historia previa médica de partos prematuros que nos habían costado más de $100.000. Por este motivo Ralph, mi esposo, me pidió encarecidamente que considerara el aborto. Además,“Ya somos viejos,” me dijo. Insistió en que nuestra comodidad y la de nuestros hijos, Danny y Alex, estaba amenazada. “Después de todo,” me dijo, “no te estoy pidiendo que hagas nada ilegal”. Me prometió que nuestras vidas no cambiarían si abortaba, pero si no lo hacía se acabarían nuestras vacaciones y nuestras salidas a comer, las visitas de mi mamá y el dinero para la universidad de nuestros hijos.

Me eché a llorar y le dije una y otra vez que yo sabía que no iba a poder vivir con mi conciencia, si hacía lo que él me estaba pidiendo.

Pero finalmente cedí. Era cobarde y mi fe era débil. Tenía miedo de asumir toda la responsabilidad, en caso de que algo saliera mal. Me preocupé. ¿Qué pasaría si, debido a mi edad, el bebé viniera con el Síndrome de Down?

Sin embargo, fui al centro de abortos con la idea de detener el procedimiento en el último momento. De esa manera, pensé, podría aplacar a mi esposo. Por lo menos luciría que había intentado complacerlo. Al mirar atrás, me doy cuenta de que le tenía un miedo espantoso.

Cuando llegamos al centro de abortos, la recepcionista me preguntó qué tipo de aborto quería. “Ninguno”, pensé para mis adentros, pero Ralph inmediatamente pegó un brinco y dijo: “Todavía no se ha decidido. ¿Hay aquí una persona que pueda aconsejarla?” Una mujer se levantó de la silla y nos llevó a otra oficina. Luego de tomar asiento, le dije: “En lo más profundo de mi corazón sé que el aborto no tiene justificación”.

Ralph me miró y luego le dijo a la consejera: “Ella cree que lleva un bebé, cuando en realidad es simplemente un puñado de células”. La consejera me aseguró que mi bebé era “simplemente una punta de alfiler”. Tanto ella como mi esposo discutieron conmigo. La consejera me dijo: “Tú sí puedes hacer esto. No tienes que quererlo ni te tiene que gustar”. “Es mejor hacer este sacrificio por el bienestar de tus dos hijos”. Mi esposo me rogó “por favor” que lo hiciera.

¡Qué ingenua y qué tonta fui! Ni siquiera expresé una objeción cuando la consejera comparó mi bebé con un tumor. “¿Acaso no te harías extirpar un tumor?”, me preguntó. Mientras me extendía los papeles encima de mis manos para que firmara, me dijo: “Puedes detener el aborto en cualquier momento”.

Cuando llegó el momento de entrar al salón de operaciones, me acurruqué frente a la entrada y dije lloriqueando: “No puedo hacer esto”. Dos mujeres sonrientes, una a cada lado, me levantaron y me empujaron hacia el salón. El médico se enojó conmigo, porque estaba llorando. Jamás me preguntó por qué estaba forcejeando. Yo me levantaba y ellas (como 4 enfermeras) me acostaban. Les dije muchas veces: “¡No quiero, no quiero!” Me dieron anestesia y me dormí rezando, de hecho, estaba gritando: “¡Padre Nuestro que estás en el Cielo...!” No sé si le estaba pidiendo a Dios que salvara a mi bebé o que me perdonara por matarlo.

Cuando desperté, me sentí violada y dolida. Pensé para mis adentros: “Ya no estoy embarazada”. ¡Inmediatamente me di cuenta de que mi bebé se había ido para siempre! ¡Había cometido el crimen más terrible de mi vida!

En ese momento comenzó un infierno viviente para mí. Sentí que mi vida estaba arruinada. Pensé en el suicidio, para poder unirme a mi bebé en el más allá. Esto era lo único que me importaba y deseaba. Durante el regreso a casa, pensé arrojarme fuera del auto a la autopista. Pero, ¿qué pasaría si no me moría inmediatamente? Si Ralph me llevaba al hospital, ¿se enteraría de que yo no había pagado la prima del seguro de salud y que, por lo tanto, estaba sin seguro? Tuve miedo hacerlo más que todo por temor a su reacción. La cobardía y la vergüenza  de que todo el mundo se enterara de que había abortado, me hicieron desistir.

Esa noche, como mi llanto no dejaba dormir a Ralph, éste me dijo gritando: “¿Qué te pasa? ¡Ya nos libramos del problema!” A la mañana siguiente,  luego de pasar la noche sin dormir, le imploré a Ralph que buscara en la internet qué les pasaba a las mujeres después de un aborto.

Ralph buscó en WebMD [un portal sobre asuntos médicos], pero sólo encontró un artículo. Me mostró el artículo impreso y señaló una oración en él: “La mayoría de las mujeres no se arrepienten del aborto”. Sonrió a sabiendas y me dijo: “¿Ves? Tú estás loca, estás inventándote este problema. Te pondrás bien.” Yo me eché a llorar.

Más adelante, Ralph encontró un sitio en la internet acerca de la depresión postaborto. Luego de haber leído la información, lucía triste. Me abrazó y, por primera vez en diez años de matrimonio, me pidió perdón. “Lo siento, perdóname”, me dijo. Aunque fue la internet lo que le abrió los ojos y suavizó su corazón, sentí que de alguna manera me entendía y compartía mi dolor. Ralph desesperadamente buscó una cita con una psicóloga para esa misma tarde y ella me refirió al psiquiatra, quien me formuló antidepresivos. Pero nada conseguía aminorar mi dolor y mi desesperación.

Mi esposo me había pedido encarecidamente que abortara a mi bebé, supuestamente por el bienestar de nuestros otros dos hijos, Danny y Alex. Pero después del aborto, me sentí incapaz de atenderlos durante casi un año. Hice responsables a mis dos inocentes hijos de la muerte de su hermano. Ello parece irracional y descabellado, pero eso es lo que hace un aborto. ¡Te desequilibra! ¡Te arruina! Te carcome! Te enloquece! Te debilita! Solo pensaba: ¿por qué ellos podían respirar, hablar y reír, y mi bebé no podía? ¿Por qué el bienestar económico de mis dos hijos fue para mí y para mi esposo más importante que la vida de nuestro tercer hijo? Dejé de hablarles.  No podía abrazarlos. Su presencia me molestaba. ¿Qué clase de monstruo era yo? ¿Había matado a mi tercer hijo y no podía amar al primero y al segundo?

Después del aborto, la vida de mi esposo cambió drásticamente. Tuvo que ocuparse de atender a nuestros dos hijos. Tuvo que hacer lo que no había hecho durante muchos años y, además de ello, tenía que cuidarme a mí.

Estaba llena de ira, sufría de depresión, de ansiedad y de recuerdos fulgurantes del aborto. Me acuerdo que deseaba que me aplicasen la pena capital. Estaba decidida a hacerme arrestar, para así poder confesar mi asesinato. Sabía que ese plan no funcionaría porque el aborto es legal en EEUU, de manera que mis pensamientos se tornaron hacia el suicidio. Intenté ahorcarme, pero era muy cobarde para consumar el acto. Pensé conducir el auto hasta arrojarme dentro de él en un canal. En una ocasión, casi me dejé arroyar intencionalmente por un camión. Me iba a caminar en medio de la noche, con la esperanza de que me iba a perder o a morir. Me corté y me pegué muchas veces. No quise comer. Iba al trabajo, pero aún allí lloraba la mayor parte del tiempo. El resto del tiempo fuera del trabajo me lo pasaba en cama con la esperanza de morir. No podía hacer nada acerca de mi miserable vida.

Mi familia y mis amistades estaban preocupadas por el cambio de personalidad que había tenido, pero yo no me atrevía a contarles nada acerca del aborto. Simplemente les dije que estaba enferma y que estaba recibiendo tratamiento debido a una depresión.

Estaba furiosa conmigo misma y quería asumir la responsabilidad completa. Estaba consciente de mi culpa. Había fracasado a la hora de proteger el don más maravilloso que Dios me había dado. En lo más profundo de mi interior sabía, que a pesar de la presión exterior, yo era responsable de esa vida, y no me podía perdonar a mí misma por este crimen. Mi esposo y el psicólogo me pidieron encarecidamente que no volcara mi enojo contra mí misma.

Después que mi esposo me prometió que tendríamos otro hijo, me comprometí con mi propio restablecimiento. Siete meses después del aborto, quedé embarazada de nuevo. Me enteré que había quedado embarazada en la misma fecha en que mi hijo abortado hubiera nacido, a quien había llamado Gabi. Me sentí verdaderamente feliz y le dí las gracias a Dios por ese signo de Su perdón.

Pero, tristemente, tuve una pérdida muy temprano en el embarazo. Fue muy doloroso, pero mucho menos doloroso que el aborto provocado, pues el ingrediente de culpabilidad no estaba agregado. Es más fácil aceptar la voluntad de Dios que aceptar tu crimen. Además, no había sido capaz de contarle a nadie acerca de Gabi y del aborto. Pero después de la pérdida, fue diferente. Fui capaz de hablar de este niño que había perdido. Aunque la mayoría de las personas no podían entender el por qué de mi dolor, simpatizaban conmigo. Ello me permitió expresar duelo
por la muerte de estos dos hijos míos; aunque nadie sabía que también estaba de luto por la muerte de mi hijo abortado. El hablar acerca de la experiencia del aborto es mucho más difícil que el compartir acerca de una pérdida espontánea.
Dos años después de esto, quedé embarazada de nuevo y a las nueve semanas de embarazo sufrí otra pérdida. El dolor fue inmenso y removió todo mi dolor anterior. Comprendí que mi aborto había matado a tres de mis hijos, porque de por alguna razón, mi cuerpo ya no podía llevar mis embarazos hasta el final.

Desde un principio, supe de alguna manera que Dios era mi única esperanza. Pero, ¿cómo podía volverme a Él después de lo había hecho? Tuve la suerte de que me remitieran al Padre Gabriel. El Padre Gabriel me presentó al Dios Misericordioso que yo había olvidado. Gracias a la misericordia de Dios, a mis estudios bíblicos “Perdonada y Liberada”, al Retiro del Viñedo de Raquel, y a muchas personas maravillosas que trabajan en el apostolado provida a quienes Dios puso en mi camino, comenzó mi proceso de curación interior... y de perdonar a mi esposo, a mí misma, y al médico que me practicó el aborto, al igual que a su personal, que deliberadamente ignoró mi lucha por salvar a mi bebé.
 
Como no puedo traer a Gabi de vuelta, hice la promesa de rendirle honor por medio de compartir la verdad acerca del horror del aborto, y de alguna forma salvar muchas vidas y evitar dolor y tragedias como la que yo he sufrido.

 El aborto no ayuda a las mujeres, sino que les hace daño. Nadie puede causarle daño a un bebé, sin al mismo tiempo causarle daño a su madre. He sufrido mucho –física, emocional y espiritualmente. Mis hijos y mi esposo también han sufrido las consecuencias.

¡Todavía estoy tomando antidepresivos! El proceso de sanción de un aborto es lento y difícil, es un esfuerzo consciente y constante que a diario tengo que vivir. Es darme cuenta lo mucho que Dios me ha perdonado a través del sacrificio de su hijo Jesu- Cristo. Y extender voluntariamente ese perdón a mi esposo y a los demás. Pienso en Gabi todos los días de mi vida y todavía estoy de luto por él. Probablemente lo estaré hasta el día en que lo vea en el Cielo. Soy la madre de un niño destruído por el aborto; nada cambiará esta parte de la historia de mi vida. Pero el poder expresarla, es una parte importante de mi proceso de curación interior.

Estoy convencida de que si alguien hubiese compartido su experiencia de aborto conmigo, mi tercer hijo estuviera ahora alegrando mi hogar. Invito a todas las mujeres que han sufrido la tragedia de un aborto a romper las cadenas de la vergüenza que nos silencia, para así hacer que el aborto sea algo impensable.

He tenido la experiencia de orar en frente del mismo centro de aborto donde cobardemente permití que me arrancaran a mi bebé de mis entrañas. He sostenido un letrero que dice “ME ARREPIENTO DE MI ABORTO”,  con la esperanza de que alguna mujer se arrepienta de quitarle la vida a su bebé. Varias mujeres que hemos sufrido por el aborto que nos practicamos, hemos comenzado un grupo de apoyo llamado “VIDA” – Vínculo indestructible de amor, y nos reunimos periódicamente para compartir y fortalecernos mutuamente.

Pido a Dios que me dé fortaleza y constancia para continuar con esta misión y que me permita trabajar en consejería postaborto para ayudar a otras mujeres, que sufren en silencio por un aborto en su pasado.